Cine peruano 2015: La gran ilusión (II)

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A punto de despegar (Lorena Best y Robinson Díaz, 2015)

Hace unos días iniciamos este blog publicando un balance del 2015, enfocado más en un análisis sobre la crítica nacional que en dar listas de películas, listas que a veces saben a poco para reflexionar lo que se ha vivido a lo largo de todo un año.

Retomo lo escrito en el post anterior y amplío algunas reflexiones sobre lo sucedido con el cine peruano este 2015, año que parece haber sido uno de los mejores en nuestra historia según cifras recientes de taquilla y producción, cifras que sirven más para maquillar la realidad y esconder nuestra fragilidad.

*

Un tema muy comentado en algunos balances de fin de año es el exitoso momento que vive el cine peruano, basados en la cifra de que se han hecho más de sesenta películas a lo largo del año (hay una lista hecha en esta entrada de Cinencuentro). A esto se suman los titulares de los diarios que nos recuerdan cómo la taquilla se doblegó ante el cine peruano. Actores, guionistas y hasta congresistas han salido a elogiar por las redes el gran año del cine peruano. “¡Sesenta películas! ¡Líderes en taquilla! ¡Bravo!”, exclaman con una fascinación algo sonrojante. No por nada estamos en la época de reventar cohetes en exceso.

Pregunta fundamental: ¿de esas sesenta películas, cuántas han visto todos los que saltan en un pie? ¿Tres, cuatro, cinco? ¿Cuántas de estas películas se han proyectado una o dos veces, frente a un auditorio de diez, veinte, treinta personas? ¿Cuántas de estas obras se podrán ver en próximas oportunidades? ¿Qué salas, qué espacios, qué ventanas se abrirán para esas películas? La vida de esas películas, ¿recién empieza o ya terminó?

De esas sesenta películas, ¿cuántas nacieron con la finalidad de hacer caja rápidamente? ¿Cuántas son mala televisión? ¿Cuántas son alargados sketches cómicos? ¿Cuántas dan vergüenza ajena?

No se trata de ser elitistas con un arte. No se trata de exigir que el cine incluya solamente a obras serias, trascendentales o filosóficas. Hace falta aventura, comedia, terror, dolor. En una palabra, emoción. ¿Cuántas de esas sesenta películas nos hacen sentir emoción y cuántas nos hacen sentir horror, pero por el bochorno que está ante nuestros ojos?

Este año se habló del “subcine peruano”. Pero no se ha profundizado en las razones de esta proliferación. ¿Cómo entender que hayan surgido cada vez más películas como Macho peruano que se respeta o El pequeño seductor? Aquí una loca teoría:

Aparece un economista neoliberal (uno desfasado, uno de los pocos del planeta que sigue hechizado por el cuento del mercado) y repite por todos lados que el cine peruano no necesita una ley, que Asu Mare ha probado que, si los cineastas quieren, pueden hacer dinero. Entonces, el empresario peruano (perdón, el emprendedor) junta unos miles de dólares y lanza cada vez más películas que no son películas, son malos gags de una mala televisión o capítulos perdidos de la miniserie Calígula.

¿Está mal festejar las cifras, los récords de taquilla, la cantidad de producción que se hace? No, para nada. Más de sesenta películas peruanas es señal de buena salud, de nuevos aires. Pero quedarse con el titular es no ver todas las grietas alrededor. Los que solo se alegran por las cifras son similares a los que se alegran porque en el norte se hizo el ceviche más grande del mundo. Son alegrías patrioteras e insustanciales, basadas en datos que no resisten un análisis medianamente serio.

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Cuando te venden titulares, te quedas en los titulares.

 

*

Otro gran problema con los balances de fin de año es la mirada estrecha de la “crítica local”. Por un lado festejan la existencia de más de sesenta títulos. Por otro, solo se repiten dos o tres títulos entre las favoritas del año. Uno de los títulos más obviados en la mayoría de listas es Videofilia (y otros síndromes virales), de Juan Daniel F. Molero. Esta es, en mi opinión, la película peruana del año, tan austera como libre, y mucho más compleja y pendenciera que las celebradas Magallanes o NN

Ni el Tiger Award en Rotterdam ni la veintena de festivales internacionales ha hecho que la crítica reaccione. Ni el premio en Lima Independiente ni las salas repletas y agotadas horas antes de las funciones. Leyendo balances, concursos online y demás, parece que no hay espacio para la multiplicidad. Ni siquiera en la prensa online, webs que no ofrecen miradas nuevas sino apenas replican los vicios de la prensa nacional. Grave problema el de los jóvenes, que resultan ser más viejos que los viejos.

En ese sentido, algunos títulos para rescatar del cine peruano este año:

Dos largometrajes: Videofilia (y otros síndromes virales), de Juan Daniel F. Molero, A punto de despegar, de Lorena Best y Robinson Díaz.

Dos jóvenes realizadores que mantienen una constancia y coherencia en sus quehaceres como cineastas independientes: Bryan Rodríguez y Enrique Méndez. Sus últimas obras, Pedro Navaja y Algo se debe romper, son películas que deben difundirse y discutirse más. Si en Perú hubiera algo parecido a un cine cuya poesía surge de la soledad y la marginalidad, sería el de estos dos cineastas.

Molero, Best, Díaz, Rodríguez, Méndez. Aquí hay cinco nombres a tener en cuenta. Y podría sumar a Ivo Ferreyra, a Erick Portilla, a Ricardo León y a más personas. Si vamos a celebrar que 2015 es un año con sesenta largometrajes y más de un centenar de cortos, no reduzcamos el cine peruano a tres títulos, y atendamos mejor a esa actividad creciente y activa que involucra ya no solo a pequeños círculos sino a cientos de cineastas y técnicos que configuran un nuevo sector audiovisual. Reducir el cine peruano a pocos nombres es vivir en el pasado.

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Pedro Navaja (Bryan Rodríguez, 2015)

*

Volvamos a las listas de fin de año.

En Perú se mantiene la costumbre de hacer listas de los mejores estrenos en las salas comerciales. ¿Alguien sabe para qué sirven esas listas? ¿De qué me sirve que el crítico X piense que The Martian (?) está entre lo mejor del año? ¿Cuál es el sentido práctico? ¿La repondrán acaso?

Hay tres razones por las cuales esas listas sirven, y no necesariamente buenas razones:

1ero. Esas listas existen para que de aquí a una o dos décadas veamos lo que se proyectaba en nuestra época y nos demos cuenta de la riqueza o pobreza de nuestra cartelera. Sirven como balance. Como información estadística, si quieren.

2do. Sirven para que la próxima vez que vayamos a Polvos Azules o la próxima vez que descarguemos una película pirata, busquemos esas películas. Todos sabemos que incluso la piratería exige cierta curaduría.

3ero. Para mí, la razón fundamental. Esas listas existen para ocultar la gran, única e irrebatible realidad: la cartelera comercial es paupérrima. Año tras año, la oferta cinematográfica de los cines comerciales da pena. Nos hacen tragar unas doscientas películas absolutamente olvidables, y de cuando en cuando, un blockbuster disfrazado de caramelo. Lo más triste es que, cuando esos blockbusters son relativamente decentes, nos sentimos extasiados y no dudamos en ponerlas como lo mejor del año. Así de sedientos de buen cine estamos.

Elijamos, por ejemplo, dos semanas al azar en la cartelera comercial peruana.

Si hubiera querido recibir el cumpleaños de mi hermano en el cine, en la semana del 23 al 29 de abril, me hubiera encontrado con estos estrenos: Decisión mortal (Good People), La elegida del mal (At the Devil’s Door), 13 pecados (13 Sins), El viaje más largo (The Longest Ride) o Héroe de centro comercial 2 (Paul Blart: Mall Cop 2).

¿Alguien recuerda estas películas? ¿Alguien las vio y siguió pensando en ellas una hora después de verlas? Esa semana, o era comprar entradas para eso o tocaba ir a las reposiciones de Footlose.

Si me hubiera dado ganas de ir al cine en Halloween (semana del 31 de octubre), hubiera tenido que elegir entre: Pacto criminal (Black Mass) / Escalofríos (Goosebumps) / El último cazador de brujas (The Last Witch Hunter) / Atrapados (Vice) y El perro luchador. Sin comentarios.

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Un mono riéndose. Lloramos de risa.

Ese es el triste panorama de una semana cualquiera. Luego aparecerán los Marvel y Star Wars de turno. Luego aparecerán películas como El francotirador o Inside Out que nos lo venden como grandes obras cuando son películas apenas regulares de Eastwood y de Pixar.

Estas listas que aparecen en periódicos, radios, webs, estas listas de “lo mejor de la cartelera 2015” es parte de un mecanismo para ocultar esa realidad, la realidad de una industria cuyo único camino parece ser el reciclaje, la realidad de una cartelera anodina y la realidad de una crítica que (salvo honrosas excepciones) está dividida en dos grupos: los que ya no tienen interés en cuestionar nada y los que en realidad son financiados por las distribuidoras, llenando sus webs de promoción al blockbuster de turno. 

Necesitamos más análisis críticos de lo que recibimos como espectadores y menos listas de críticos fantasmas, desaparecidos a lo largo del año, y que reaparecen únicamente para hacernos pensar que fue un gran año de grandes películas, cuando no ha sido así.

 

Fernando Vílchez Rodríguez

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